Historiador por vocación y de formación
autodidacta, católico combativo, periodista y político encumbrado,
Estrada se erige en uno de los representantes más genuinos del
pensamiento argentino a comienzos del período moderno.
Los datos relativos a su biografía destacan que Estrada quedó huérfano
a muy temprana edad, y que de su educación se hizo cargo su abuela,
Carmen de Liniers.
Su primer maestro fue Manuel Pintos, y su educación formal la
desarrolló en el Colegio de San Francisco, donde aprendió filosofía,
teología, religión y humanidades. A través de esta enseñanza,
Estrada se formó como un férreo católico, al punto que sería la
militancia católica la que lo llevaría a destacar como político.
En 1858, cuando finalizó con sus estudios primarios, recibió un
premio en el concurso de historia del Liceo Literario, por su obra
relativa al descubrimiento de América. Este estímulo fue suficiente
para que orientara su formación autodidacta a los asuntos históricos,
que a la postre lo convertiría en uno de los más destacados
historiadores argentinos.
Por esa época, además, Estrada comenzó su actividad en el
periodismo, como redactor de La Guirnalda, Las Novedades y La Paz.
Incorporada Buenos Aires a la Confederación, adhirió a la
Constitución Nacional, y publicó el opúsculo Signun Foederis (El
signo de la Confederación), que se convirtió en su profesión de fe
religiosa, nacional y política. Poco después, en 1861, publicó El génesis
de nuestra raza, una obra polémica en la que replicaba al profesor
Gustavo Minelli, quien había levantado banderas anticatólicas. Al año
siguiente publicó otra réplica, llamada El catolicismo y la
democracia en la que respondía a Francisco Bilbao, quien sostenía
la incompatibilidad de la democracia y la religión.
En 1865, Estrada presentó su primera obra decididamente histórica
(Ensayo histórico sobre la revolución de los comuneros del Paraguay
en el siglo XVIII), y comenzó a escribir la Historia de la Provincia
de Misiones (obra que dejó inconclusa). Un año después, en 1866, se
inició en la docencia, en la Escuela Normal, donde desarrolló sus
famosas Lecciones sobre la Historia de la República Argentina,
compiladas luego en un libro que publicó la Revista Argentina,
y que es quizás el primero de la historiografía nacional. (La
Revista Argentina era una creación suya, y fue dirigida por él
durante dos períodos: 1868 a 1872, y entre 1880 y 1882)
Por entonces, Estrada gozaba ya de un profundo reconocimiento, a
pesar de sus juventud. Tanto, que Sarmiento lo nombró Secretario de
Relaciones Exteriores, y le encargó la enseñanza de Instrucción Cívica
en el Colegio Nacional, donde ya enseñaba filosofía. Poco después,
en 1869, fue nombrado Jefe del Departamento General de Escuelas, cargo
en el que permaneció sólo un año.
Comenzó su actividad política en 1871, cuando formó parte de la
Convención Provincial Constituyente, encargada de redactar y
sancionar la Constitución provincial de 1874. En 1873, fue elegido
diputado por Buenos Aires. En ese año, además, fundó el periódico
El Argentino, en el que publicó varios estudios históricos.
En 1874, Estrada se hizo cargo de la Dirección de Escuelas
Normales, y del Decanato de la recién creada Facultad de Filosofía y
Letras de la Universidad de Buenos Aires. Es de destacar este altísimo
honor, teniendo en cuenta que Estrada no tenía título profesional
alguno, pese a ser un intelectual de primer orden dentro del panorama
del pensamiento argentino de la época.
Dictó, también, clases de Derecho Constitucional y Administrativo
en la Facultad de Derecho. Algunos de estos cursos, sobre el sistema
federal argentino, el régimen municipal o la libertad de sufragio,
fueron magistrales. Las versiones taquigráficas de dichas clases
fueron posteriormente compiladas en la obra Curso de Derecho
Constitucional.
Siendo Rector del Colegio Nacional (entre 1876 y 1888), Estrada
pronunció discursos memorables. Por ejemplo, el del 24 de abril
de 1877, que versaba sobre La tiranía de Rosas, fue realmente apoteótico,
hasta el punto que, al cabo de la conferencia, los alumnos y docentes
lo siguieron en manifestación por las calles céntricas hasta que
llegaron al pie de la estatua de San Martín. Allí, Adolfo Mitre, en
nombre de los alumnos, debió improvisar un discurso expresando
su emoción.
Su faceta de publicista, además de docente y buen orador, es una
de las más destacables de su actuación pública.
A partir de 1880, no obstante su labor docente, Estrada debió
ocuparse de asuntos que le merecían mayor atención. Transcurría
la primera presidencia de Julio A. Roca, y en el país se
vislumbraba una fuerte corriente de pensamiento anticatólico. Estrada
comenzó entonces una lucha publicista sin cuartel en defensa
del catolicismo, ya desde el periodismo, ya desde la tribuna. Se
discutía entonces la exclusión de la enseñanza católica de
las escuelas, la ley de matrimonio civil y otra legislación que era
considerada por los católicos como un atentado contra la
Iglesia. Estrada fue elegido presidente de la Asociación Católica
y fundó en 1882 el diario La Unión desde donde mantuvo una
lucha constante contra los liberales.
Estos conseguían triunfos, como la consagración de la enseñanza
laica, sancionada por el Congreso Pedagógico de 1882 y tratada en la
Cámara de Diputados de la Nación en julio de 1883. Estrada, mientras
tanto, realizaba giras proselitistas por el interior, celebrando
congresos católicos y lanzando sus más furibundas diatribas contra
el Gobierno. En represalia, fue separado de todos sus cargos públicos,
aunque no pudieron callarlo.
En 1884, la Primera Asamblea de Católicos Argentinos tuvo una
concurrencia excepcional y gestó una alianza política en defensa de
las ideas católicas. Estrada fue elegido diputado nacional. En el
Congreso, pronunció discursos llenos de vigor expositivo y que fueron
centrales en varios debates, especialmente los que enmarcaron el
tratamiento de la Ley de Matrimonio Civil, sancionada finalmente en
1888.
Luego de apoyar el gobierno de Juárez Celman, Estrada se incorporó
a la Unión Cívica. En abril de 1890, mientras pronunciaba un
discurso en el Frontón de Buenos Aires, sufrió una descompensación
que le obligó a retirarse por un tiempo de la vida pública.
La revolución radical de julio lo encontró en Rosario de la
Frontera, donde se hallaba descansando y reponiéndose. De inmediato,
viajó a Buenos Aires y tomó parte de las gestiones políticas que
siguieron a la fallida revolución.
Comandando las fuerzas políticas católicas, apoyó la candidatura
de Luis Saénz Peña, quién en agradecimiento le ofreció el cargo de
Ministro. Rehusó ese cargo, pero aceptó el de Ministro
plenipotenciario en Paraguay, función en la que permaneció durante
un año.
En septiembre de 1894, la enfermedad lo venció y falleció en la
capital paraguaya.